Dolor de espalda crónico, estrés y osteopatía sacrocraneal



Introducción


Uno de los motivos por el que vienen muchas personas a vernos al Centro de Cuidados Integrales para la Recuperación Funcional (Citref), es el dolor de espalda, en muchas ocasiones crónico, y el estrés. Estados dos circunstancias suelen estar en asociación íntima y en retroalimentación constante. Por este motivo vamos a dedicarle unas cuantas líneas para hablar sobre esta problemática tan común en nuestra sociedad.


En primer lugar, y para poner en situación al lector deberíamos explicar en qué consiste la llamada osteopatía craneal, también conocida como sacrocráneal o craneosacral (aunque no es exactamente lo mismo). Espero sepa el lector disculparnos, pues este blog va a ser bastante más largo de lo normal, pues pretendemos arrojar algo de luz sobre la temática del dolor crónico, el estrés y la osteopatía sacro-craneal, mediante una explicación fisiológicamente plausible; así mismo queremos dejar muy claro que esta técnica debe ir en el contexto de un tratamiento multidisciplinar realizado por profesionales de salud competentes.


La terapia cráneo-sacral (CST) fue descrita y desarrollada en sus inicios por el doctor estadounidense W. G. Sutherland. El sistema sacro-craneal es una técnica no invasiva, que se basa en la atención plena, presencia del terapeuta, utilizando las técnicas de palpación muy suaves con la finalidad de resolver restricciones de movilidad tanto en el sacro como en el cráneo (Haller et al., 2016) de aquí deriva su nombre. Anatómicamente, este sistema involucra a estructuras del sistema nervioso central (SNC), cráneo, meninges, cerebro y médula espinal (ME); estando influenciando a los sistemas musculoesqulético, vascular, endocrino, sistema nervioso simpático (SNS) y sistema nervioso parasimpático (SNP), el líquido cefalorraquídeo (LCR) que rodea a la ME y al cerebro, sería la parte líquida de este sistema que se representa como un sistema hidráulico que produce y reabsorbe el LCR (Stub et al., 2020).


La CST, explica teóricamente, como las restricciones fasciales dentro de este sistema conducen a un movimiento anormal y arrítmico del LCR; según algunos autores (Castro-Sánchez et al., 2016; Haller et al., 2016) “… este ritmo cráneo-sacral es evaluable por palpación y cuantificable por encefalograma, mielograma e imágenes por resonancia magnética” .


La palpación manual de este sistema supuestamente afecta a los procesos tanto sensoriales, como cognitivos y motores, así como emocionales en el sistema nervioso (Stub et al., 2020). Se piensa que al realizar un tacto adecuado a la velocidad correcta de 1 a 10 centímetros/segundo, se estimularían las c-tactile abundantes en las zonas como la cabeza donde hay abundante cabellera, lo que originaria un aumento de producción de oxitocina (Walker et al., 2017).





Epidemiología del dolor crónico


El dolor crónico (DC), es todo aquél que supera los 3 meses de duración y cuya existencia no aporta ningún propósito útil a la persona que lo padece (Louw et al., 2017), siendo una respuesta desadaptada a una lesión o una enfermedad (Raffaeli & Arnaudo, 2017). El DC se estima que afecta al 10% de la población mundial, creyéndose que 1 de cada 10 personas lo desarrollará, afectando al 19% de los adultos de Europa (Jackson T, Stabile V, 2019), y con una prevalencia similar tanto en Estados Unidos como en Europa estimada entre el 30,7% y 43% , llegando al 62% para las personas mayores de 75 años (Courtney et al., 2017). Estas cifras en relación al DC nos deben hacer pensar en las repercusiones a nivel social y económico, así como en la calidad de vida de las personas que lo padecen y la secuelas en relación con institucionalización, hospitalización y mortalidad.


El DC, afecta a las actividades diarias de la persona que lo padece, limita relaciones, tanto a nivel laboral como social; así mismo, personas que padecen de DC sufren de insomnio, estando asociado el insomnio a sensibilización central), que se caracteriza por neuroinflamación de bajo grado (LGI), que está unidad a estrés y ansiedad (Wetzler et al., 2020). El estrés es una pieza clave para comprender el DC, tanto en lo referente a la génesis del mismo como a su mantenimiento, así como para el desarrollo de diferentes patologías orgánicas que exacerban el padecimiento del paciente con dolor. En las siguientes líneas vamos a centrarnos en la relación entre estrés crónico y enfermedad. Pretendemos realizar una lectura del abordaje del dolor desde el campo del estrés mediante las técnicas sutiles como la CST.





Estrés y enfermedad


Se sabe que el estrés postraumático está relacionado con la LGI, así como con el síndrome metabólico (SM), (Sumner et al., 2020; Wetzler et al., 2020). El estrés también se asocia con la aparición diferentes desordenes como son la ansiedad y la depresión, enfermedades cardiacas y circulatorias, o diabetes tipo 2 (Munir et al., 2007). Las personas que padecen DC a menudo desarrollan angustia psicológica, relacionada con la aparición diferentes enfermedades crónicas, ya mencionadas, así como con diferentes trastornos de musculoesqueléticos como son la artritis, el reumatismo, o trastornos respiratorios como el asma (Wetzler et al., 2020).


La activación de los ejes de estrés, están en relación con la resistencia a la insulina (RI), es decir, un estrés prolongado induciría una RI (Straub, 2014), se ha descrito que la RI aparece “ … en trastornos como la diabetes tipo mellitus, la obesidad, las enfermedades infecciosas, los pacientes operados suelen ser más susceptibles a padecer dolor, migraña, depresión profunda, esquizofrenia y estrés mental crónico, entre otros” (Straub, 2014)”. Un ambiente laboral exigente puede inducir a un estrés en la persona (Wetzler et al., 2020) lo que activaría los ejes de estrés con lo que el cuerpo reaccionará mediante una RI predisponiendo a la enfermedad; y aumento de los niveles de angustia en los trabajadores con DC, así como peor manejo tanto del dolor como de la ansiedad (Munir et al., 2007).


El estrés mental tiene una relación directa con el aumento de la tensión arterial por mediación del sistema nervioso simpático (SNS) y una disminución del control cardíaco vagal. Esto lleva a un aumento de las catecolaminas y de la frecuencia cardiaca (FC), aumentando también los niveles del hematocrito, viscosidad plasmática, fibrinógeno y la concentración de proteínas, así como una peor sensibilidad a la insulina, ante un ambiente estresante (Reims et al., 2005).



Activación de los ejes de estrés


Ante un peligro potencial, nuestro cuerpo activará el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal (HPA), el hipotálamo estimulará en la hipófisis anterior la secreción de la adenocorticotropina (ACTH), esta hormona será vertida a la circulación sanguínea, encargándose de estimular la producción de cortisol en las glándulas suprarrenales (Uvnäs-Moberg et al., 2014). El eje HPA se encuentra bajo la influencia de la noradrenalina (NA), producida en el locus coeruleus (LC) del tronco del encéfalo, cuanta más NA libere, más influirá sobre el eje HPA. La NA también influirá sobre la amígdala, hipocampo. Cuando hipocampo y amígdala se activan debido a un estresor, las neuronas noradrexigénicas del LC, estimularán la producción de ACTH por los elevados niveles de NA. Ante un estímulo sensorial negativo, como el dolor, se promoverá la activación del eje HPA (Abraira et al., 2012).



Activación de oxitocina y su relación con el estrés.


El ser humano es un animal social que es, necesita relacionarse con sus congéneres con los que comunicamos mediante diferentes formas, como el tacto (Morhenn et al., 2012). Gracias a los mecanorreceptores de umbral bajo, el sistema somatosensorial es capaz de diferenciar entre diferentes tipos de estímulos (Abraira et al., 2012; Case, Laubacher, et al., 2016). Ante un tacto suave, nuestro cerebro libera oxitocina producida en el hipotálamo y en el núcleo supraóptico, para luego ser vertida al torrente circulatorio o bien ser utilizada como neurotransmisor del sistema nervioso central (SNC), llegando a hipocampo, córtex frontal, núcleos del rafe, cuerpo estriado, núcleos vagales, glándula pineal, cerebelo y médula espinal (Morhenn et al., 2012).


La oxitocina utilizada por el SNC está involucrada en la regulación de la interacción social, con la calma y el bienestar, con la modulación del eje HPA, disminuye la sensibilidad al dolor al aumentar la actividad opioidea en la sustancia gris periacueductal en el tronco del mesencéfalo, también tiene la capacidad de modular la actividad serotoninérgica; entre otras funciones (Morhenn et al., 2012). Una deficiente función de la oxitocina está relacionada con depresión, ansiedad, estrés, así como con un mayor riesgo de dolor e inflamación (Morhenn et al., 2012). Niveles bajos de oxitocina, está se relaciona con enfermedades como la esquizofrenia, personalidad límite, fibromialgia, dolor abdominal en niños, así como un mayor impacto de las experiencias traumáticos (Li et al., 2019).





La oxitocina ante los ejes de estrés.


La oxitocina tiene una función inhibidora de los ejes de estrés, la circulante en sangre actuará sobre las glándulas suprarrenales inhibiendo la secreción del cortisol, pero además; ante una experiencia mental agradable, liberamos oxitocina en la amígdala, para disminuir el miedo y estrés, con lo que disminuiremos la producción de NA actuando de esta manera sobre eje HPA14. Cuando las células somatosensoriales recogen un estímulo no doloroso y agradable, a través de la piel, liberaremos oxitocina en el hipotálamo (Morhenn et al., 2012).


Efectos del “affective touch” o como mediante la terapia sacro-craneal podemos tener un impacto en el dolor crónico y en el estrés que padece el paciente.

El sistema nervioso autónomo (SNA) se divide en sistema nervioso simpático o toracolumbar (SNS) y sistema nervioso parasimpático cráneo-sacro (SNP). El SNS aumenta la función orgánica mediante la liberación de catecolaminas, cuyas neuronas hacen sinapsis con las neuronas periféricas a través de los ganglios simpáticos; estando las neuronas presinápticas simpáticas situadas en la columna en la médula espinal en la zona intermediolateral. El SNP por su parte promueve la conservación de energía, promoviendo la recuperación tisular, así como la digestión o la disminución de la FC entre otras funciones; las fibras parasimpáticas emergen de los nervios craneales y sacros principalmente, y podemos decir que ¾ partes de estas fibras residen en el nervio vago (Owens et al., 2016).


Esto nos hace pensar, que una estimulación muy fuerte del SNS derivado de unos niveles altos de estrés y DC, nos llevarían a un mayor gasto energético, por lo que sería importante estimular el SNP para promover una recuperación mayor en los pacientes con DC y niveles altos de estrés. Esta estimulación parasimpática la podemos realizar mediante el “affective touch” que nos brindan las técnicas de estimulación sacro-craneal.


La piel humana es capaz de diferenciar entre diferentes tipos de estímulos táctiles, gracias a los mecanorreceptores de umbral bajo mediante fibras A-beta mieliniazadas (Case, Laubacher, et al., 2016), en estudios recientes se siguiere que hay mecanorreceptores no mielinizados en las partes del cuerpo donde abunda vello, como en la cabeza por ejemplo, estas fibras no mielinizadas de diámetro más pequeño y de umbral más bajo, son las c-tactile (TC) (Russo et al., 2020). Para estimular estas fibras debemos realizar una acción muy lenta y suave, ya que de esta manera conseguimos promover gracias a las fibras c-tactile una estimulación parasimpática (Pawling et al., 2017).


Una estimulación de las fibras TC gracias a un tacto adecuado, reduciría la excitabilidad fisiológica, promoviendo de forma adecuada y positiva los efectos afectivos , inhibiendo la respuesta procedente de estímulos dolorosos, también promoverá la liberación de oxitocina mediante la acción táctil (Case, Čeko, et al., 2016; Walker et al., 2017). El estímulo de las fibras TC promueve la activación de la corteza sensorial somática primaria (Case, Laubacher, et al., 2016).



Referencias bibliográficas


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